viernes, 25 de julio de 2008

¡París mata todo!

Es difícil para cualquier ser humano poner fin a una relación amorosa,
particularmente para algunos hombres, entre ellos para Ariel Montoya.
Cuando tal cosa le ha ocurrido este buen hombre ha echado mano
de todo lo que a usted se le pueda ocurrir,
porque la depresión es algo natural en él.
He aquí el relato en su totalidad...

"Mi mujer de pechos de topera marina
Mi mujer de pechos de crisol de rubíes
De pechos de espectro de la rosa bajo el rocío...”
ANDRE BRETON


Melones. Tenía ella dos jugosos y maduros melones a punto de hacer estallar la malla en la que se hallaban depositados. Es la primera imagen que me arropa cuando recuerdo el frío de su despedida. Era toda cucurbitácea en almíbar chorreándose de tanto amor. Única dueña de aquellos atributos que solía yo engullir desaforadamente... Usted perdone, amigo lector, pero es que fue así la cosa.La descubrí al filo de una noche de rumba, en medio de la lobreguez aturdida por el fragor del ambiente. La charanga rememoraba tiempos alegres y bullangueros de la famosa orquesta Aragón... “Pon tu pensamiento en mí... verás que en este momentola fuerza de pensamientorenace el bien sobre ti...” Allí mismito comenzaba a vibrar la flauta cubanísima de Richard Egües, fusionada al ritmo del tres y marcando con agudos tonos el inicio del compás. La música, el ambiente, mi estado de ánimo, me obligaron a dejar que la mirada se fuera de paseo por las mesas de la discoteca con la intención de atrapar algunos melancólicos ojos a los cuales pudiese un galán en despedida alegrar. “Toma... el agua... de Clavelito...” Había hambruna de mujer sudorosa. Mi olfato podía percibir ese extraño aroma de hembra en celo, de esas que deambulan por la noche para atrapar a su presa y saciarse en la aventura. ¿Ciara? Nooo, esta vez fue alucinante el asunto, de Opium se trataba la cuestión y yo estaba dispuesto a irme de un viaje a China si así lo mandaba el Señor. “Clavelito... a quién le doy claveles...” Allí estaba, sola y sirviéndole de escolta a una botella de Juancito Correcaminos. Ensimismada en la charanga, absorta de recuerdos y definitivamente conectada con la melodía. Sus manos, pequeñas y lindas, encima de la rústica mesa de madera. La derecha apretaba el vaso de güisqui, dejando que los dedos de la izquierda tamborilearan al compás de la melodía. Desde la barra el galán que era yo la contemplaba en tanto adivinaba sus dimensiones. Baja de estatura, trentitantos años, con unos ojos vivarachos que destellaban a ratos el dejo de un adiós. Seguramente divorciada y a la caza de una experiencia definitiva, tal vez más humana, creíble, amable. Paliativo del despecho, esperanza del insomne, desarraigado de todo y de todos. ¿Por qué tan solitaria? ¿Por qué sorbía tan rápidamente el líquido que a cortos intervalos escanciaba de la botella? Era la mujer en celo, de allí partía el perfume. Opium. Atrapado en la contemplación de la figura a la que aislaba de cualquier molestia, apenas divisé que de la mesa donde ella se encontraba alguien me hizo señas. Respondí cual perrito de Pavlov al estímulo; todo formalito acudí a las presentaciones de rigor. ¿Estás sólo... te sientas con nosotras? Nulo protocolo y paso a ocupar sitio sin necesitar dos pedidas. Para el momento la música había hecho mutis y todo el mundo, desde mi punto de vista, estaba sobrando. Se había hecho la luz. Yaluz. Nombre extraño en la penumbra, ruidoso apelativo en el silencio polifónico. Yaluz... Raro el nombrecito –dije en voz alta. Otro idiota –seguro pensó. Y es que ante este ridículo nombre debe haber una reflexión similar. Ella de tonta no tenía un pelo, por el contrario, dejaba traslucir una misteriosa inteligencia entreverada con mucha o demasiada sensualidad. Porque eso sí, Yaluz no ocultaba, nunca ocultó e imagino que no ocultará, ese par de cocos, duros y apetitosos, asidos al tallo que era su talle, tan añejo y tan deseoso, tan de ella y luego tan mío, que yo no lo pensé dos veces:-- ¿Bailamos ese bolero?La Sonora Matancera en primer tiempo y sin coro de Rogelio y Caito. Pura trompeta. Aragón daba paso al recuerdo de tugurios infernales, escenas de cabaret exhibidos en Cine de Oro Mexicano. Veo a Yaluz y que se me convierte en... Dolores del Río, por mencionar una de tantas vampiresas. Por supuesto, yo, al mejor estilo de los 50, me transformo en el impecable Ramón Armengod, galán con flux rayado, cruzado y de cuatro botones. Pelo engominado y lustroso como el del ex presidente Rafael Caldera y por si fuese poco, calzado con zapatos de dos tonos, al mejor estilo de chulo cubano. Heme allí, imagíneme allí, pegado a ese cuerpito, sudoroso y con hartas ganas de hacer... sentía que aquellas majestuosas protuberancias, ardientes, sudadas y relucientes, se querían meter en mi camisa. Tanto que ya los pezones me hacían cosquillas. ¡Coño, que calor!!! Esto ocurría en la caraqueña urbanización de San Bernardino, pero si al lector se le antoja, puede ubicar la escena en los malandrosos barrios de Monterrey, donde Don Agustín compuso cuitas para la pérfida María Félix, quien a final de cuentas le montó cachos con Jorge Negrete. Pero ese es otro cuento y no tiene nada que ver con las tetas de Yaluz. Puede también trasladar el asunto a las inmejorables tascas de Madrid, donde por vez primera se presentó Antonio María Machín para cautivar con ese estilo nasal a los españoles con la melodía que en ese instante arrancaba en la sala ... “Los aretes que le faltan a la luna, los tengo guardados para hacerte un collar...” ... que a mi me gustaba una bola la pieza, pero en la voz de Vicentico Valdez: “los hallé, una mañana en la bruma, cuando caminaba junto al inmenso maaaar”. Allí me decidí a cantarle a Yaluz, imitando a Valdez, bien bajito y en la propia patica’e la oreja: “privilegiooooo, le agradezco al cielooooo, porque ningún poeta los pudo encontraaaaar, yo los guardo en un cofre dorado, son mi única fortuna y te los voy a daaaar... Y como siempre ocurría, la fémina se sintió a gusto, cómoda, halagada... Esa táctica, la número 100 titipuentérica, resultaba infalible. ¿Será que éste idiota pretende acostarme a punta de cancioncita...? -- ¡Jajá!-- ¿Cómo?-- ¿Dije algo?-- Escuché un jajá...--Nada, es que me estaba acordando de alguien –dijo. Un sujeto él, creído él, al que conocí hace algún tiempo. El se parecía mucho a usted...-- A ti...-- Ok. A ti... pero es que él era uno de esos tantos que creen que una puede deslumbrarse con canciones y frases bonitas. ¿Qué se creen? Yo no busco aventuras ni nada por el estilo. Me divierto sí, de vez en cuando sí, salgo a bailar sí, río sí, lloro sí... de todo sí, pero sanamente...-- ¿Sí?-- Sí. -- ¿No habrás pensado que yo soy así? –le solté con interrogante de ofendido, aunque internamente me dije, al mejor estilo colombiano: ¡La embarré! Nada, que había puesto la cagada y sin derecho a segunda vuelta... pero algo flotaba en el ambiente, había un extraño halo de luz que impedía, definitivamente, que Yaluz ahondara en mis intenciones. Eso creí, y aún lo creo...-- ¡Que bien bailas!Me salvé, pensé. Y la apreté mucho más contra mi cuerpo en tanto el flaco Celio González, desde la tarima, se disparaba una de esas que había cantado con la misma Sonora. Porque en la tarima estaba el “Flaco de Oro”, que la canción de Vicentico se había terminado y ni Yaluz ni yo nos habíamos dado cuenta. Imagino que ambos, como estábamos en una esquina bien oscurita, en una de positivismo, continuamos la suave rumba, dejando que nuestros cuerpos se conocieran por encima de la ropa, toqueteándose uno a otro y sin manos invitadas, porque el libreto así rezaba, en tanto las trompetas de Coco Ortega y sus Matanceros se apoderaban del ambiente. Celio soltó entonces el chorrito de voz que le quedaba con:“Sólo un poquito de tu amor nada mas es lo que quiero conseguir yo de ti, para tenerte entre mis brazos felizy así besarte mas...”Luego de esa primera estrofa me aferré más a la dama. A estas alturas del partido me dije: “Como gallina o muero arponeado” y la estrujé con suavidad, con delicada pasión, dejando que se enredaran torpemente mis muslos con los suyos en un grosero intento de ver si podía romperle el platico a Ofelia. Celio continuó:“Tu no me digas que te vas a negar a que te quiera con loco frenesí para tenerte entre mis brazos feliz y así besarte más...”Su imaginación es certera, amigo lector. Yaluz y yo ya andábamos buscando nuestras bocas para intercambiar los efluvios del amor. “Besos que matan y reviven a la vez, quiero tus besos con la furia de una loca, porque sin ellos ya no puedo vivir...” ...me dijo al más fino estilo rockolero de Carmen Delia Depiní. Yo, pensando en ese par de flores donde me imaginaba chorrear la miel conjugada con el sabor fresas frescas. Le dije, anacoberamente inquieto:“Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir, te quiero, te adoro, mi vidaooooo...Ponle toda tu atención que serán tu corazón y el mío. Dos gardenias para ti que tendrán todo el caloooor de un beso. De esos besos que te di y que jamás encontraras en el calor de otro querer...Nos miramos a los ojos en esa oscuridad extraña. Todo se había consumado. Palabras que sobran donde sólo se escucha el jadeo de una respiración entrecortada; olor a macho y olor a hembra. Palabras que sobran y vestidos que molestan. La piel exige el roce de otra piel, donde los sudores perfumados puedan entremezclarse. Opium y Givenchy amalgamados en la cantera donde las grietas se abren en tanto aceleran los pálpitos del corazón.

EL AMOR EN UN COLCHON
Sáltese usted la salida del mohoso y oloroso tugurio donde nos encontrábamos. Olvídese de Celio González y de Coco Ortega. Olvídese. Pase por GO y ni se atreva a cobrar los 200, porque lo que a continuación les relataré vale lo suyo. El monopolio es mío y punto... Mes amis, hacía rato que este descubridor de la vida acariciaba la idea de hacer el amor en un colchón de agua. Ariel Montoya tercermundista que sólo había presenciado el amatorio en estos acuosos lechos en películas XXX, que tuve ocasión de ver hace años en Nueva York, en la mismísima Calle 48. Alguien me había dicho que un hotel de Sabana Grande tenía uno, pero que lo habían mandado a remendar porque una fémina alebrestada le había clavado sus afiladas garras en la efusividad de un coito anal a la superficie y el moderno catre explotó allí mismito de tanto amor, inundando la mitad del tiradero con kilos y kilos gelatina... ah, porque no se vayan a creer que es agüita donde uno retoza a placer, no señor, se trata de gelatina semisólida, (toda gelatina es semisólida). Alguien me dirá que sí es agua, pero yo creo que no y... bueno, cuando estamos en este medio tiempo, a nadie debe interesarle los detalles de esta minucia, lo cierto del asunto es que allí estaba yo, en el piso 17 del edificio de los tolditos amarillos, también en Sabana Grande, en la cama de agua (o de gelatina) de Yaluz.Fue allí, en el suave bamboleo, donde pude contemplar en toda su llanura aquellos volcanes increíbles que nada tenía que ver con Bruno Pasillo o el doctor Krulig, los “hacedores” de misses. Nooo y mil veces nooooo. Allí, aparte de su ex marido y uno que otro amante ocasional (eso lo supe después) nadie había colocado adminículo alguno que pudiera semejarse a un bisturí. Juro que cuando yo vi aquellas hermosas y jugosas toronjas, relucientes como nácar, erguidas e invitadoras, me quedé petrificado. Tal cual, Teodoro, Tal cual. Heme allí, desnudo, enhorquetado en su cintura, como macho cabrío dispuesto a domar a esa yegüita carente de caricias, de toqueteos impuros y de lujuria desbordada. Buceándome con luz de neón las brillantes y fulgurantes tetas mejor formadas que ser humano haya visto jamás. Ella, creo yo, no tenía noción exacta de lo que provocaban sus protuberancias. No las tenía. No. Simplemente es eso. Porque Yaluz, ya lo dije, era pequeña, con un cuerpo muy bien formado y con aquellos senos que... yo me la estaba morboseando cuando de repente caí en cuanta de que algo tenía que hacer. ¡Coño, Dios mío, y ahora que hago yo con este par de tetas tan bellas, tan inmensas... tan... tan...! ¡Nada!, que me le voy encima, cual lobo hambriento, con las fauces abiertas para morder lo que veía, y fue allí donde vi la Luz de Yaluz, que dispuesta estaba a dejar que yo jugara con la comida de carajitos. ¡Ah...! Jugué, jugué, jugué y jugué hasta que se me hinchó la boca de tanto jugar, de tanto lamer, de tanto saborear esa miel con fresas que se había untado para mi. Vi una que otra lágrima en los ojitos de Yaluz, pero hoy que lo pienso bien, no sé si fueron lágrimas de placer o de dolor, o como decía la canción “son gotitas de dolor, derramadas al brindar, por tu abandono...”, pero lo del abandono todavía no llega. Esta relación apenas comenzaba y se iniciaba de lo mejor.Yaluz, mes amis, era una máquina de hacer el amor, una ansiosa de cuerpos y de besos. Perversita, lujuriosita, ninfomaníaca... yo, y ruego disculpen la propaganda, había hecho del acto todo un arte. Mire, es que soy tan fanático del sexo, que para ese entonces me había leído cuanto tratado había pasado por mis manos en eso de complacer y ser complacido. Desde el Kama Sutra hasta los consejos ocultos y placenteros de Rasputín. Yaluz estaba dispuesta a hacer lo que jamás había hecho y yo estaba dispuesto a hacerle lo que yo tampoco había hecho y que decía haber hecho siempre, para darme coba, lógicamente. Puedo decirles, para que les dé dentera, que a lo largo de tres años estuvimos perfeccionando “la carretilla”, porque le pusimos música al asunto. Es así como a la par de levantarla como carrito de verduras por las piernas, nos sumíamos sabinéricamente en una de “y tu dedo en mi espalda dibujó un corazón y mi mano le correspondió debajo de tu falda...... y nos dieron las diez y las once,las doce y la una, las dos y las tres...y desnudos al amanecer...” y así canturreamos toda la noche hasta que nos encontrara la luna mientras recorríamos el apartamento en posición albañilérica. También, como no, hubo “hamaquita”, “moldes”, “trapecios”, “espejitos placenteros”, muchas “libélulas”, aunque esta posición es un tanto difícil, pero ella era ágil a pesar de sus treinta y pico. Tendidos cómodamente, de costado, pero no en la cama de agua, sino en la mullida alfombra del vestier. Yaluz de espaldas, los cuerpos amoldados... En un alarde de destreza, ella me pasa su pierna externa flexionada abriendo la puerta al placer en tanto penetro haciendo palanca con la pierna de ella apoyada en mi cadera... Hmmm... complicada la vaina, ¿no?, pero les aseguro que fue riquísimo... También hubo juegos de “tornillos”, porque ella decía tener dificultades para tener orgasmos... ¡Menos mal! Fueron noches de Yaluz amazona, Yaluz en “la butaca”, Yaluz en la bañera, Yaluz en las distintas variantes del face to face”; de salvajismo y cortos de “medusa” y... en fin, que fueron tres años cochinamente lujuriosos y por demás sabrosos donde las “aspas de molino” se convirtieron en una rutina. Mes amis, no podría usted culparme porque me haya acostumbrado, me haya convertido en un adicto a Yaluz. Y es que hasta ese momento nadie me había batuqueado como esa enana de tetas grandes. ¡Coño!... pero llegó lo que tenía que llegar.

QUE TRISTE FUE EL ADIÓS...
Ocurrió en su apartamento, el de los tolditos amarillos. Esa noche me había prometido quedarme en el aposento para darle rienda suelta a los bajos instintos. Bajos tenían que ser si observamos que yo mido 1:64 mts y creo que Yaluz medía metro y medio, pero aquellos grandes senos la hacían ver como que más... más... ¿cómo les digo? Con más garbo, más salero, más pecho alzado, pues... Y es que esa ñapita de mujer, con todo y su metro y medio, cuando se ponía un vestido como los que exhibe ahora Jennifer López, a más de uno se le atragantaba la aceituna en el guargüero. Si, ya lo sé, no hace falta que lo diga y mucho menos que lo piense. Por su cochambrosa mente pasa que yo estoy obsesionado con los melones de Yaluz... Bien, tal vez y por respeto a los lectores, atendiendo a las normas de Carreño, debería yo negar tal insinuación, pero... ¡No lo pienso hacer! Porque es que usted debería colocarse en mi lugar luego de haber pasado por tal experiencia. Contemplar ese par de cosotas, hinchadas y gordotas, duras y apetitosas, con los poros abiertos y regados por todas partes para culminar en ese punto exacto que invitaba al suscrito a morder... ¡Ajá! Quisiera verlo yo en ese trance. De seguro a estas alturas estaría presumiendo de haber probado las mieses de Yaluz... Pero esa noche no probé nada. Esa noche no fue como la de la canción. En realidad, allí no hubo noche. Todo fue oscuro, porque escrito estaba que se derrumbaran los sueños ataviados de tolditos amarillos, se esfumaran las pasiones desatadas y perfumadas de Opium... los gemidos divinos de Yaluz. Las cosas más lindas del amor no fueron cantadas esa noche, porque esa noche fue, si señor... “...la última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido, la última noche que pasé contigo, tengo que olvidarla por mi bien. Por qué te fuiste,aquella noooche, porqué te fuiste, sin regresaaaaaar...”Pero retornaría y sería esa la verdadera catástrofe. La culminación del crimen perfecto urdido contra Ariel Montoya, el epílogo de una faena donde al torero se le apagan todas las luces del traje y sin puntillas se va directo al callejón, contemplando su fracaso y recibiendo con pena los abucheos, en tanto el toro es indultado ante la megaplasta que ha puesto el “mataó”. El asunto es que esa noche, ¡Ay... que noche la de anoche!, hubiese dicho, pero no lo dije y ya no lo iba a decir más nunca, porque Yaluz me esperaba, y no precisamente para arrumaquearme como siempre lo había hecho, que la amaba con loca pasión. Esta vez todo fue distinto, y yo lo presentía, porque cuando atravesé el umbral del aposento, sentí el frío pasar de un ángel, ese que según asegura Silvio Rodríguez, anuncia el preludio de un final, la bajada del telón para que vengan los aplausos, el “the end” de la película de vaqueros, “au revoir mon amour”, “ciao caro bambino”... recoge tus peroles y vete pa’l carajo Ariel Montoya, que llegó tu cuarto de hora... ¡Adiós y que te vaya bieeen!, al mejor estilo del cantor Alberto Castillo con la mano recostada en el cachete como sobándose ante un califragilítico dolor de muelas. ¡Coño! Apenas entré al aposento, a ese nuestro nidito de amor, observé a Yaluz que me esperaba, acechaba, aguardaba y miraba con ojos resueltos, tristes pero resueltos. Yo, la verdad, hasta miedo tuve, porque lentamente se aproximaba, a mí me pareció que levitaba, con su manito estirada y no precisamente para conducirme al aposento, no. En esta oportunidad ella ejecutaba unos pasos ensayados por varias horas. Creo que hasta se había tirado media hora de El Exorcista con Linda Blair, porque sus ojos estaban como brotados, más puyuos que de costumbre. Su voz, gruesa esta vez, satánica esta vez, retumbó cavernosa en el friso de las paredes que alguna vez fueron fieles testigos de tanta cosa sabrosa. Por lo menos ella decía que era rico. Yo ya esperaba la orden policial: ¡pégate contra la pared y abre las piernas, coño’ e madre!... que no fue así, pero me sonó igualito: “Dame las llaves del apartamento, porque hasta aquí llegó nuestro amor”. ¡Plafff!Tarde un largo rato en procesar la información. No computa. No computa. No computa. ¡Vergación! ¡Qué hice!... Nada. Absolutamente nada. Me había portado bien, demasiado bien para mi gusto, diría yo, pero... “Ariel, lo que pasa es que te quiero mucho”. ¡Jajá...! Sí, sí... Yaluz Beltrán disfrazada de doña Delia Fiallo, cubanérica y culebrónica en persona, o mejor, fantasmita de Hugo del Carril cantando Confesión, el tango más idiota que jamás se haya escuchado: “Fue a conciencia pura que perdí tu amooor,nada mas que por salvarte. Hoy me odiás y yo feliz me arrincono pa’ llorarte. El recuerdo que tendrás de mi será horroroooso, me verás siempre golpeándote como un malvaoooo y si supieras bien que generoso, fue que pagase asíííí tu gran amoooor.... Soool de mi vida...” Suficiente, suficiente, habría observado el maestro Calcaño... y no es que a mi me guste el tango, pero es que esta canción refleja exactamente el momento del corte de patas más arrecho que haya recibido Ariel Montoya en toda su puta vida, por varias razones. Primero: fue a conciencia pura que Yaluz lo sacaba de su entorno. Un premeditado despido, sin aviso y sin protesto, para alejarse, para irse, pirarse. Su intención era que yo no sufriera, pero me estaba clavando siete puñales en el corazón, como se lamentaría herido Leo Marini. Uno en el costado izquierdo y los demás regaditos por todo el cuerpo, y yo ni siquiera había pedido agua como Jesucristo. Por otro lado, con ese deleznable acto sádico-masoquista se las estaba cobrando toditas, una por una. Me estaba haciendo aparecer como victimario, cuando la gran víctima de este melodrama, digno del pana César Miguel Rondón, salsero devenido en ofidio-cultor televisivo, era yo. Y eso de que la recordaría pegándome como malvada, no sé de dónde le salió. Yo creo que fue para seguir la música, porque esa mujer lo que a mí dio fue puro cariñito, hartos amapuches, sabrosura de la buena ¡Ay que rico, coño!... Mariconadas de ellas, digo yo, nada más. Lo que pasaba, y eso me lo dijo después, era que ella tenía todo preparado para irse a la ciudad luz, al Paris de mis sueños, a ese tugurio donde, como Vallejo, con gusto moriría a las 12:00 heure di midi sous un batôn d’averse, o sea, al mediodía bajo un palo de aguacero... a la Francia de Maurice Chevalier. Se iba a exhibir sus portentosas y latinas tetinas al Monmartre del cojo Toulouse-Lautrec, o en les rues impudiques de Pigal; rascabuchearse con un jeune garçon en la Vie en Rose, besuquearse con Charles Aznavour en la tour Eiffel, pasearse en bicicleta por Versailles, orinarse debajo del Pont-Neuf, o demandar en el Moulin Rouge “un café, si vuplé, avec leché et azuqué, mesié y que buené que está usté” y vainas así, que ya me la imagino hablando como Edith Piaff o Mireille Mathieu. ¡Já!... ¡Y el victimario era yo! ¡El victimario! ¡El victimario! ¿Celui qui était en réalité le victimario?

¡SIN PUNTILLAS!
Demás está relatarles que esa noche, escabrosa y humillante, Ariel Montoya se disparó una abrazapoceta descomunal, apoteósica, digna de rememorar... Sabina fue su acompañante nocturno. En medio de la pea llorona gritaba el nombre de la pérfida y luego se iba en do de dolor de pecho: “¡Yaluz!... Me abandonó,como se abandonan los zapatos viejos,destrozó el cristal de mis gafas de lejos,sacó del espejo su vivo retrato,y, fui, tan torero, por los callejonesdel juego y el vino, que, ayer, el portero,me echó del casino de Torrelodones.Qué pena tan grande,negaría el Santo Sacramento,en el mismo momento que ella me lo mande...”Esa noche, nada iluminada, nada estrellada y mucho menos poética, recorrió los bares de Sábana Grande y parte de Chacaito, sin reparar en que algunos de los locales donde quería dejar su pena de amor, eran recipientes de encuentros prohibidos, donde pargos y lesbianas eran uno en lugar de dos; el destape total del “otro sexo”. Montoya iba herido, destrozado, con el orgullo bien bajito, down, muy down, totalmente down. Fue así como se metió en el bar “La Hoguera”, un bullanguero establecimiento regentado por “La Terry”, famosa cachapera de los años 70. Entró y se dirigió a un reservado. Pidió una botella de güisqui y le dio cien bolívares a una tipa que al entrar le había puesto el ojo. Ordenó: “Mira catira, ponme allí ‘En la orilla del mar’, con Bienvenido Granda y te vienes a sentar conmigo”. La trompeta ensordinada que marca el inicio de la célebre canción matanceriana, comenzó a apoderarse, melosa e hipnotizante, del mohoso y neblinoso ambiente de putas, gañanes y chulos de medio pelo donde se encontraba metido Ariel Montoya. A él ni le iba ni le venía lo que ocurría a su alrededor... EL sólo sabía que lo habían estrujado cual trapito de cocina y tirando su orgullo machista al pipote de la basura... EL sólo sabía que la música horadaba en lo más recóndito de su alma para rayarle una y otra vez las tristes y punzantes palabras del adiós, que triste fue el adiós amoooor, que enorme soledad... EL sólo sabía que el bigote que cantaba, con esa canción de mierda le hundía con saña el puñal del desamor... EL sólo sabía que la catira que estaba a su lado tenía unas tetas parecidas a las de Yaluz y que voy a aprovechar la coyuntura para meterte mano de la buena y verás maldita enana, que tetas como las tuyas se consiguen en cualquier esquina... ¡Nojoda! ¡Yaluz! ¡Yaluz! Cómo te amo, hija de puta. ¡Cómo te amo... ay, mi pimpinita linda!!!“Luuuunaaaaa, ruégale que vuelvay dile que la espero muy solo y muy triste en la orilla del maaaar...Luuuuunaaaaa tú que la conoces y sabes de las noches que juntos pasamos en la orilla del maaaaaaar.-- Ay, mi Rey, esa tipa te dio duro, ¿No?-- Catira, no tienes la más mínima idea. Tu dirás que estoy borracho, que voy por el mundo como alma perdida, que no valgo nada...-- Ay mijo, esa es de Leo Marini-- Coño sí... bueno, la cosa es que esa mujer me mandó pa’l carajo, con todo y sus tetas...-- ¿Y no te gustan éstas. No te bastan con éstas?Ariel entrecerró los ojos para verte mejor. La miopía y la presbicia, tú sabes. Y este reservado está muy oscuro y es un poco incómodo y deja que te las agarres, coño, que te las bese y déjame lamerte...-- Epa, mijo, por allí no. No te me montes encima. No bajes... Deja la metedera de manos. ¡Jesús!...Confórmate con éstas... ¡Jesús!“Recuerdos muy tristes me quedan al verte en la noche alumbrarRecuerdo sus labios sensuales y su dulce miraaaaar... mi gran amorLuuuunaaaa ruégale que vuelvay dile que la quieroque sólo la espero en la orilla del maaaaaaar...Y que vuelve la trompeta ensordinada de Pedro Night, quien para entonces ya tenía su vaina con Celia Cruz. Hay que dejarse llevar por esa trompeta para saber lo que es un despecho bien sabroso. Uno se concentra y queda medio bobo, alelado, pero es allí donde se activa la lujuria, y es allí donde el más pendejo se lanza para meterse indiscreto entre las piernas de la dama de turno, que no hay que mezquinarle a los ojales cuando sobra cuero, diría Boris Elkin.--¡Ay mijo... compórtate!, que llamo al vigilante... ¡Jesús!Ariel Montoya hacía caso omiso de las palabras de aquella catira mientras engullía, glotón, aquellos pechos duros –muy duros- y besaba esos labios carnosos –demasiado carnosos- sobaba y sobaba esos piernonones mientras la catira le agarraba las manos, que como serpientes intentaban penetrar por debajo de la faldita en el empeño de atrapar... atrapar... ¡Que vaina es ésta!-- ¡Debes aceptar mi sexo!-- ¡Coño!... ¡Un marico!La sampablera se prendió en el lugar cuando Ariel Montoya logró “atrapar” el bojote. Al percatarse de lo que era, el orgullo, herido ahora por el vil engaño y el... ¡Zuácata!, que te besé en la boca... ¡Zuácata!, que te mamé esos pechos y que... ¡Coño’e tu madre como me haces esto, y porqué no me lo dijiste antes y... ¡Zuácata!, que agárrate este coñazo para que no sea cabrón y... ¡Zuácata!, que de alguna parte le dieron un palo cochinero a Ariel Montoya, quien turulato de bolas tuvo que salir corriendo del lupanar de Sabana Grande para evitar una muerte segura... Mientras trastabillaba su dolor de macho, humillado y vejado por Yaluz, la catira y el desconocido ¡Jesús! que le asestó el vergajazo que lo medio mata, Ariel cantaba y bailaba la letanía flamenca de Sabina que retrataba tragicómicamente el momento: “Y regreséa la maldición del cajón sin su ropa,a la perdición de los bares de copas,a las cenicientas de saldo y esquina,y, por esas ventas del fino Laina,pagando las cuentas de gente sin almaque pierde la calma con la cocaína,volviéndome loco,derrochando la bolsa y la vidala fuí, poco a poco, dando por perdida...”Para evitar caerse en una de las piruetas, se recostó de un poste donde la luz convocaba a la danza de los mosquitos. Era la noche donde comenzaba a llover en su vida. Recordó, recordó y lloró... asido al acero, mirando la lluvia caer, confundiendo sus lágrimas con el agua, no pudo contener las arcadas que los instantes recientes le producían. Pensó que eran tan asquerosos como su propia vida. Vomitó.

SIMÓN GUACAMAYO
“Mire compadre, hay golpes en la vida, tan fuertes, tan jodidos, yo no sé... mejor dicho, yo si sé, y es por eso que uno como que comienza a dudar de la existencia del Creador. ¡Coño! ¿Tú crees que Vallejo en verdad haya sido comunista?... Vigílame el vaso, que voy a orinar...Nueve meses, 15 días, y 12 horas... Calculadito el tiempo. Yaluz se había montado en el Concorde para unírsele a las luciérnagas de la ciudad luz, montada en un supersónico para atrapar el sonido de sus sueños, dejándole la pesadilla y la explosión de la barrera de su amor, bien sembradita en la penumbra al bueno de Ariel Montoya. De esa oscuridad aún no lograba salir y el “delirium tremens” le coqueteaba muy de cerca... El Negro Jaspe, acompañaba a Montoya esa noche le daba vueltas al asunto.-- Y entonces, Negro... ¿Le damos a la otra?-- Mire compadre, yo creo que ya es mucha caña por ese buche. Usted debería irse a acostar para que mañana...“Señoras y señoras... Muy buenas noches, ha llegado el momento de presentarles la atracción principal de este, su night club, “El rincón del ska”... ¡Démosle la más calurosa bienvenida al grupo del momento!... los muchachos de Vista Alegre... con ustedes, los brujos del skaaaaa... ¡¡¡Desordeeeeeen Púuuublicoooooo”“Ajaaaa... al fin una vainita buena en esta noche de brujas, de locos y sibaritas. Tronadores y trasnochadores... ¿Dónde dejé el tubito?-- Compadre déjese de vainas... ¿Usted como que se quiere morir?-- La vida no vale nada Pablito, si no es para merecer...El sonido pegajoso de la cumbia, el trombón y las trompetas comenzaron a apoderarse del silencio que hasta ese momento impregnaba la sala y así dar entrada a un coro revelador“Oye este tumbao se parece al caminao de Simón Guacamayo”Ariel Montoya suelta la botella y se va a la pista. El solito, sin gallina que le replique. El traje blanco se transforma en un morado brillante por las luces negras de neón, en tanto su rostro es salpicado de otras luces, pero blancas, que le acribillan desde la bola de cristal dando vueltas en el techo. Ariel Montoya saca un pañuelo rojo y como el más colombiano de los colombianos, el más costeño de los costeños garciamarquianos, aracateños y macondianos, se mueve en la cumbia extraña que los chamos de Desorden Público dejan escuchar. Contorsionista de postín, mueve las manos a la par de su cuerpo y ríe, ríe, ríe en esa oscuridad donde hasta los dientes brillan...“Oye este tumbao se parece al caminao de Simón Guacamayo”Resbalan con suavidad los metales en el acompañamiento del coro hasta que aparece el acordeón obligatorio para hacerle compañía a Horacio Blanco en la primera estrofaSimón Guacamayo me le prenden velas'ta esperando que regrese ese santotantos años caminando esta tierra'ta esperando que vuelvaa repartir pedacitos de cieloentre tanta cosa feaentre tanto concreto armado,que regrese Simón Guacamayo!Ay Belén!Alguien imita el sonido de los rebullones, cántico misterioso de aquellos pájaros que Juan Primito dejó en alguna parte de la hacienda Altamira, donde nació la leyenda de Doña Bárbara... Ariel Montoya, borracho de música, de aguardiente y de dolor, continúa en su movimiento perpetuo y abre los brazos, como queriendo volar para perseguir a quien le hirió de muerte. Las manos estiradas, semejando brochas negras, suben y bajan como pintando ese tablón invisible que registra dolores de cantos amorosos. La sala le pertenece, el mundo le pertenece; sus piruetas son iluminadas por el cenital que le aplaude en cada movimiento, la mueca está presente...“Simón Guacamayo va gritando colorescurando dolores sonriendo y peleando desde hace tantos años...... Brújula que apunta al Suralumbrando con su propia luzDanta de María Lionzatabaquito de Madame Calalúmalanguita que te fumas túuuu...Horacio, desde la tarima, aplaude las piruetas de Montoya en tanto Sarmiento aprieta en la batería para el...Na'na karin'ha roote na ma Na'na karin'ha roote na maAriel Montoya rodó por la pista; rápidamente se reincorporó y quedó acuclillado en un rincón oscuro, en el piso, sin cenital ni luces transformándole la cara, hiriendo su risa y mostrando las muecas de ese dolor que no se esconde. Otros bailadores se incorporan y hacen caso omiso del payaso que por un momento los divirtió... Allá cayó, allá cayó, allá cayó, allá cayó, allá cayó...“Véngase compadre, mejor lo saco de aquí”Cero respuesta. No había fuerzas para nada. No encontró motivos para replicar, decir, protestar... Se dejó llevar, como el bacalao, casi montado en la espalda del Negro Jaspe, convertido en caricatura ornamental del horripilante jarabe. La caña y la coca en pleno apogeo. Zombi de madrugada... ¡Ufff! Horas más tarde, Ariel Montoya repasaría uno por uno los pasos de baile, el dancing andante en que se había convertido su vida desde la partida de Yaluz. ¡Qué rumba tan buena!, la de anoche, ¡No joda! Faltaban sólo tres meses para el retorno, pensó en cómo la recobraría mientras se servía una taza de café y abría el periódico. Un aviso en la segunda página destelló ante los ojos del trasnochador. Un nombre, una premonición... ¡Todo había sido una premonición!
EL MAESTRO SIMÓN GUACAMAYO TE ESPERA EN LA MONTAÑA DE SORTERESUELVE TUS PROBLEMAS AMOROSOS...¡¡¡LLAMA YA!!!
Sorte es el santuario más grande de América Latina, en sus entrañas, brujos, santeros, paleros y mayomberos de toda clase se dan cita para convocar a los espíritus, someterlos y resolver los problemas que los mortales plantean. Tierra sagrada, tierra indígena, dominios de la india Yara, conocida como “La Reina” o la Diosa Maria Lionza, gran deidad venezolana... ¡María Lionza hazme un milagrito que un ramo de flores te voy a llevar!... Se atraviesan los cañaverales de Chivacoa, población yaracuyana, para entrar en la aldea de Quibayo, donde los brujos esperan para decirte lo que tú deseas escuchar, tal vez para sorprenderte con un secreto que tenías bien guardado y que te lo sueltan así como así; quedas con los ojos abiertos, sorprendido, ¿y cómo coño supo este carajo que yo guardo penas de amor? Nada, Montoya, que la brujería que tu tienes es mal de amores. “Esa mujer cocinó sus pantaletas manchadas con sangre de la primera regla del año en que te conoció. Te tienen brujeado Montoya, montado en la olla, montado en la olla... hmmmmm” El brujo había hecho que Ariel se quitara los zapatos y se sentara en una alfombrilla que alguna vez fue marrón, pero que lucía negra del sucio; la extendió frente a él, “y sin cruzar las piernas pa’ que no se vayan los espíritus y... quítate la camisa”. Simón Guacamayo en plena acción. ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... El tabaco en la boca de Guacamayo echaba candela y crepitaba con furia, como queriendo hablar. Escupitajo por aquí, escupitajo por allá... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!, por el cuello... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!, por la espalda... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... cuidado y me quema, señor Guacamayo... Ahhh... Caramba mi amigo, esa mujer es chiquita, pero jodía... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... Pero va a volver y será suya... Siii... suya será... ¡Abra las piernas! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... Yo creí que me las iba a chamuscar, pero creo que lo que estaba era mandando potencia de la buena, a la vez que insistía en que “esa mujer va a sé suya otra vé... siiii, suya será. Yo lo sé!!!” Y comenzó un rezo extraño mientras proseguía con el ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh!...“Anima de Maria Lionza y de don Juan Retornado, Don Juan del Dinero y Don Juan de los Cayos. Animas del purgatorio, de las almas en pena porque a su camino no han llegado. Arcángeles de la Luz, Edecanes de la miseria, Cardumen de todos los mares. Juan Pirindingo mañana es domingo. San Cantinflas cantinflérico. Ecue yambaoooo. Ecue yambaooooo... Ecoquinontulo popluco tu tó. ¡Uhhh! ¡Uhhhh! Mandador de los mandantes, Moforibale al tambó... Yo estaba llenito de tanto humo y esperaba que no me viniera un ataque de asma, porque ahí si que la pongo. Simón Guacamayo estaba transportado, con los ojos vidriosos y diciendo groserías en una lengua que yo no conocía. Ocotumare ocotumare, ocotumare, que eso me sonaba a grosería, pero que a lo mejor eran las palabras propias del despojo. Yo cerraba los ojos con esa fe que a veces le pongo, concentrándome en Yaluz para ayudar al hombre en su labor. Juan Pirindigo mañana es domingo..... ¡Uhhh¡ ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh!... anima del Negro Antonio, del Negro Primero... del Negro Felipe (ahorita mete al Negro Jaspe y al Negro Fabián, pensé). ¡Aquí está este tu ciervo que te pide humildemente ayudes a quien te ayuda y le reces a quien te reza... Este hombre que aquí ves ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! – y me dio un carajazo con la manota abierta por la espalda, que yo no dije nada porque supongo que estaba ahuyentando al espíritu jodedor que hizo que Yaluz se fuera llamado... ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¡Fuhh, fuhh, fuhh! ¿Cómo es que tú te llamas?”, preguntó boricuamente. “Ariel Montoya”, dije yo, venezolanamente... ¡Ajá...! ¡Ariel Montoya, hijo de Dios del cielo y de la tierra, presa de una maldad amorosa! Haz que esa mujer... ¿Cómo es que élla se llama? Preguntó boricuamente otra vez. “Yaluz Beltrán”, dije yo venezolanamente otra vez. ¡Ajá...¡ Yaluz Beltrán, que se incline a sus pies, bese sus pies y regrese como corderita implorando su perdón. “Eso, así la quiero, mansita, mansita, cantando anacobéricamente, suplicantéricamente... Perdón, vida de mi vida, perdón si es que te he faltado, perdón cariñito amado, ángel adorado... Dame tu perdón! En esas estaba cuando Guacamayo posó su mano izquierda en mi cabeza y apretó como queriéndome sacar la tapa. Exclamó: ¡Indios de la eternidad, espíritus valientes! Simón Guacamayo me puso entonces su mano derecha en la frente y me dije, ahora sí, ya me jodí, este me va a voltear la cabeza y me entierran aquí. ¡Ay de mí!... ¡Espíritus de la luz... Denme fuerza... quiero poder para que este hombre no sufra más... Está poseído por el mal más maluco de todos los males malosos y melindrosos, el mal de amores, Dolores. ¡Espíritu de Yaluz, dondequiera que te encuentres, debes saber que le perteneces a Ariel Montoya a partir de este momento y para siempre! ¡Dígalo ahí, Montoya!, me ordenó y yo dije: ¡Dicho está!!! Luego me bañó desnudito en medio del río, rezó otras oraciones y... son 50 mil bolívares los rezos, 50 mil bolívares el baño y 50 mil bolívares por la destrancada... ¡Gracias señor Guacamayo!!!.. ¡Vaya con Dios, hijo mío, Pare de sufrir... vaya con Dios!!!

¡LA CORNÁ!
Nos tenemos que acordardel año cuarenta y siete la catástrofe de Cádiz, la muerte de Manolete...Cuando en diciembre de 1946 se publicó en México la “Breve historia del toreo” de Carlos Abella, Manuel Rodríguez, Manolete, no había sido cogido por el mal nacido Islero; tampoco Ariel Montoya había escrito su primera carta de amor porque, sencillamente, no había nacido. La pequeña y hermosa Yaluz Beltrán sería moldeada a finales de ese año por su padre para que en agosto del siguiente viese la luz en este mundo, justo cuando al Califa de Córdoba los destellos mundiales se le iban para siempre.¿Y a cuento de qué Manolete va a danzar en esta historia? Respuesta simple, mi brother. De Manolete se han escrito más de 100 monografías en los 50 y pico de años que lleva de fallecido. Del rey de los toreros se ha discutido de todo. Las más inverosímiles especulaciones se han levantado en torno al pobre, pero nadie, léase bien, nadie se ha ocupado, hasta ahora de la trágica muerte amorosa en el coso de San Agustín de ese adusto mataó venezolano llamado Ariel Montoya, quien fuese bautizado por los cronistas taurinos de su país como “Er niño der partó puyúo”, por un singular traje de luces que le confeccionara un salsero dominicano. Ariel Montoya, Conde de los Espejos Velados. ¡Ahhhh...! También mucha tela se ha cortado en torno al sacrílego romance de Manolete y la despampanante Lupe Sino. ¿Qué no se ha dicho? ¡Ahhh...! ¡Cualquier vaina!, ¡Cualquier vaina!... asentaría el ya senil historiador Manuel Caballero para luego inventarse una comparación de la Sino con Manuelita Sáenz, “la Libertadora del Libertador” que duraría, por lo menos, dos botellas de güisqui “on the roc” y una botella de jerez “par suscrito”. Sobre este romance se ha hablado en España más que de cualquier otra cosa, porque aunque ustedes no lo crean, en esa España que renace y otra que bosteza, hay gente que sigue siendo recatadita y todo, que le prenden su velita al Caudillo y se hacen cruces porque al de Asturias le ha dado por mandar la monarquía al carajo y casarse como Dios manda. ¡Por amor!... ¡Joder!... No faltaría más... Y tan rejodida es la vaina en la Madre Patria, que en 1997, cuando se conmemoró el 50 Aniversario de la muerte del “Califa”, un grupo de viejas sin oficio montó en Internet una Academia dizque en “honor” del “mataó”. La denominaron “Academia Mundial de Arpías Lupe Sino”. ¡Cómo!... ¡Vayan al carajo, con ropa y todo, pedazos de putas!, dicen que dijo Ariel Montoya cuando supo de todo esto. Porque Ariel sí que es un fanático de Manolete. Mejor dicho, no es fanático, es una ladilla turca cuando le entra al tema. Defiende al “maestro” y a su amada por encima de todas las cosas. La arrechera fue de feria cuando comprobó en la computadora que a la mujer del Maestro la calificaban como la más grande “arpía” que jamás haya existido, con la guinda de “quisimos bautizarla –la página, lógico- con el nombre de una de las más insignes arpías de este siglo, LUPE SINO, pésima actriz de la década de los cincuenta y amante de Manolete, que solo se vio derrotada en su carrera por la única enemiga de toda arpía: La Muerte”. ¡Puedes creerlo! –me dijo- ¡Habrase visto! ¡Golpes de pecho en tiempos de zorras! ¡Coño!, Que me voy a convertir en el peor hacker de esa mierda de página, tu verás. Y así comenzaba Ariel una cháchara tan kilométrica que al final uno no sabía si estaba hablado de Manolete, de Yaluz o Lupe Sino, porque mezclaba todo y del 47 se iba facilito al nuevo siglo, y así por el estilo.Yaluz llegó a Caracas a finales de Octubre y Ariel lo vino a saber después por boca de su amigo, el negro Nicolás, pintor también de mujeres negras y pintor nacido en mi tierra con el pincel extranjero porqué nunca te acordaste de pintarme un ángel negro, La noticia fue para Ariel Montoya algo así como un aviso de la Presidencia. Mataó, que la faena no puede ser para ti solito, que no se despachan fácilmente seis toros en una tarde. Mucha rabia se le incrustó en el pecho, como banderita ganadera, “bien colocá pa'que no se caiga”, cuando un inocente Nicolás en otro tercio le soltó la pincelada de rojo: -- Ariel, te invito mañana a la corrida. Voy con una caraja que conocí en Francia, pero es venezolana y se regresa otra vez. Yo voy a aprovechar para ver si me la cojo, porque se gasta unos tetones, que... ¡Coño, la tienes que ver!-- ¡Buen provecho!, amigo pintor de santos de alcoba, si tienes alma en el cuerpo... ¿Y cómo se llama la fémina?-- Me jodiste, yo la conozco por el apellido. Creo que es Beltrán...Redoble de tambor para el primero de la tarde. Barrunto de muerte en el ruedo. Colmadas las barreras y las gradas llenas. Plaza llena. Torea el mejor, que se ajusta la chaquetilla y da brinquitos. Tenso, tenso... “Gitanillo de Triana” el primero por antigüedad, Ariel Montoya no fue el primero, eso se sabía... ¡Oleeee! ¡Oleeee! ¡Oleeee! Aplausos, flores para tan excelente faena. Música pa’l torero, ordena la presidencia. Una barrera, otra contrabarrera. Manolete en su primero, dispuesto a dar todo de sí, pero ya se dijo, había barrunto de huesos carcomidos por la desidia y las palabras del amigo Nicolás, amigo pintor, porqué nunca te acordaste, de pintar un ángel negro. El apellido de su amada en sus labios. -- ¿Yaluz Beltrán?-- La misma, ¿la conoces?Tragó grueso. Las imágenes se convirtieron repentinamente el todos los miuras del mundo. Desfilaron escenas no taurinas con Yaluz, pero en cada cuadro veía las distintas cornamentas. Miura corniapretado, miura brocho, cornidelantero, bizco... que se te vienen encima ¡Coño!... ¿Qué si la conozco? ¡Nojoda! Cómo no la voy a conocer, si se trata de la mujer más conocida por mis conocimientos. Tengo que conocer a la que me ha jodido la vida durante el último año, so pendejo. Pensó-- He oído de ella, y... ¿Qué hacía por Francia? ¿Porqué regresó?...¡Ojo, Montoya!, que no se te note la arrechera. Firme, no te muevas, que éste tiene trapío. Suave, cómo Manolete. Ahí, ¡Eso! Mécete despacito, el engaño bajito, para que la bestia no vea que mueres de miedo. ¡Aprieta ese culo, Manolete! Que el público no vea el culillo reflejado en tus nalgas y la navarra te puede salir a la perfección... está metiendo la cara en el capote y girarle al sentido contrario es lo que manda. Quedará desconcertado...¡Joder!-- No sé. La verdad que no sé... Yo la conocí en Paris, en una exposición de la Embajada. Coincidimos y... te juro que cuando me la presentaron no le vi la cara, de lo único que me acuerdo, poeta, fue del escote que lucía, porque fue allí donde pude apreciar que esa niña tenía unos senos fuera de serie. Además, embadurnados con escarcha pa’ más vaina. Luego de la exposición nos tomamos unos tragos y ella se fue con unos amigos. Guevón yo, que no me fui con ellos, porque a lo mejor hubiese apreciado en toda su extraordinaria dimensión...¡Arremete! Pase de pecho este toro que tiene una cornamenta bizca. Cuidado, mataó... que tira por la izquierda. Remate con verónica, lúzcase, lúzcase, porque Manolete nunca aprendió a dar pases de pecho. En el palco debe estar la Sino. Dele por naturales, déjelo venir y llévelo hacia atrás, hacia dentro. Toréalo en línea pa’ que ligues en redondo... ¡Oleee!-- Entonces, vamos mañana a la corrida –atajó.-- ¡Eso! Aprovecho y te presento a la carajita ESA, que no es carajita nada... ¡Coño! ESA sí que te quitaría la cara de culo que exhibes de un tiempo a esta parte. ¿Será que algún día me vas a decir quién fue ESA que le puso el cascabel al gato?... Jajajaja... ESA tipa te dio duro... ESA, ESA ¡ESA es Yaluz Beltrán!, habría gritado como respuesta, pero se quedó mudo. El paseillo, el paseillo... Gitanillo de Triana, Luis Miguel Dominguín y Manolete en su jaca, más espigao que un inglés, que no va a caballo, sino en zapatillas tristes de negritud... El traje molesta, siempre molesta y la sombra esta tarde me cubre los ojos. La montera y te saludo Dominguín, que cuando me vaya será a ti a quien jodan. Ocuparás mi puesto y serás tú el que se lleve la gloria, pero también las rechiflas. Morirá el Dios y renacerá de sus cenizas, como el Fénix. Seré olvido en tu vida Lupe. Será ese mi sino, Sino. Lupe mujer, Lupe amante. Lupe que he de amarte hasta que muera... Cambio de tercio. Yaluz no se divisa y de seguro ha habido contratiempos. No quiere herirme; sabe que destrozó mi alma. Mañana, en el callejón, volverá a ser todo como antes. Lo sé, lo presiento. Puedo regresar en mis zapatillas. París, París... nada sé de París y tampoco me interesa saber. Más cornadas da la vida y unos cachos más unos cachos menos tienen en realidad poca o ninguna importancia. Juan Guacamayo, Juan Guacamayo. ELLA será tuya otra vez, aquí lo veo, aquí lo veo... Eres mía, será tuya... tuya será, así será...¡

PARIS MATA TODO!
¡Va por ti! Montoya... Manolete que reza al entrar al ruedo en el segundo. Tiene un presentimiento extraño. Aquí no todo va bien. La montera no se ajusta en la tarde... tarde... ¡Manolete! ¡Manolete!... ¡Torero! ¡Torero! ¡Torero!“¡Ariel! ¡Ariel Montoya!!! ¡Vente pa’ca...!”Nicolás pintor de negritas. Tus modelos de portadas de Vogue, son tus modelos. A las blancas las conviertes en negras. Uno se pregunta de dónde coño salen estas negritas tan lindas. ¡Ajá...! Picker al descubierto. Voy hacia ti, como quien no quiere la cosa, como un no me importa nada, mucho menos esa mujer que tiene a su lado, que es mía, porque nadie que me haya jodido tanto puede pertenecerle a otro. El protocolo, maldito protocolo... “Mi amigo Ariel Montoya...”Frente a frente. Hombre y bestia. Hombre, mujer... Manolete y Lupe, que se aman por encima de mil madres celosas y de mil brindis Domecq pajuatos y recalcitrantes. Despacito mataó... Duro en la muleta... los naturales pueden convertirse en pases de pecho, si usted lo corta en el trayecto. Listo pa’ la Verónica... Con las dos manos si es preciso y no se mueva del sitio. Que la gente lo está mirando. Cada músculo suyo tiene mil ojos encima. Relajado, que no se note el miedo, que no se note el amor deshecho, que no se note el que me jodiste, enana de mierda. Que no se note...-- Ariel y yo somos viejos amigos... Me brindas una cerveza-- Claro.. Ariel miró al mozo amigo pintor de turno como quien mira al soberano para pedir su aprobación en un tercio. Banderillas colocadas fueron para bajar la ferocidad. Al revés suena mejor, pero así me gusta. ¡Oleee...! ¡Oleee...! ¡Oleee...! Pasodoble de postín. Nadie canta, pero yo te siento... “Ay... no te da pena que llore Dolores... ¿No te da pena de mi?”. ¡Platillos! ¡Platillos! Suena la música y el mataó se luce con los palos. Se tongonea como marica, pero allí lo que hay es bravura de la buena. ¡Mírame la entrepiernas si dudas! ¡Cabrón!... ¡Aja! ¡Aja! Los rebullones, mal presagio... Distancia, distancia... Distancia y colocación son la antesala del buen toreo, pero no todos los imperativos son de orden técnico. Hay que entender los “espacios” para darle o no distancia a las bestias. Para el diestro el toro nunca será una fiera a la que hay que cazar, sino un colaborador al que hay que querer, mimar, besar, aunque se le mate después. Filosofía de Vida... “Te dejo porque si no lo hago no me voy a Francia” Distancia, más que distancia... ¿Yaluz convertida en Cristina Sánchez? ¿Quién coño le dijo a ésta que sabía torear? Ahora viene a hacer las Américas y heme aquí como primera plaza. ¡Qué bolas!-- ¿Cómo te ha ido? –pregunto.-- Debes saber que mi vida ha sido un desperdicio desde que te marchaste. ¡Ya te enterarás! He visitado todos los bares de mala muerte de Sabana Grande, de Chacaito, de Madrid, de Veracruz, Pigal, Pigal...-- ¿Estuviste viajando?-- ¡Que coño voy a viajar...! Lo digo por decir. Para dejarte en claro que todos los malditos bares del mundo ya saben de mi pena, de mi amor, de Yaluz, aunque el pendejo de Picker como que no sabe un bledo... Diálogos de metralla. Faena emocionante. Está frente a ti, con sus desplantes. Se adorna con la muleta, a cuerpo limpio, prescindiendo del engaño. Es allí donde observas lo bella que es, y es cierto, en el monte de sus senos brilla la escarcha, para desafiar, para desafiarte. Que eres Ariel y te conviertes en Islero. Miura negro, entrepelado y bragao. Entrar a matar, en un sitio muy malo, de espalda a los chiqueros y por el lado contrario. El toro te espera, Islero contra Islero. ¿Quién exhibe el valor aquí? Estás en el centro del anillo y las querencias se esfumaron como aquellos besos y retozos en la cama de agua de Yaluz. Igualada Cristina Sánchez y Manolete la observa. Se estudian. Se perfila, Se empina en la punta de los pies, Sostenido el estoque y la muleta enrollada en el palo. Arranca para matar. Empuja la espada hacia la cruz. Ariel la toma por los hombros en un intento de abrazo... quizás un beso-- Y... ¿Me extrañaste?Islero arremete con fuerza. El acero se hunde tras el morrillo, la muleta no llega a conducir la embestida y Manolete recibe la cornada mortal. El pitón derecho se clava en el muslo. Manolete se desangra y Ariel Montoya imitará al Maestro con la respuesta de Yaluz, quien lentamente aparta la muleta de su rostro, sonriente ahora, irónico ahora y hasta burlón ahora. Aleja el brazo que ha intentado abrazarla y responde, muy seca:-- No, Ariel. Allí te equivocaste... ¡París mata todo! Manolete. Víctima de una "herida de asta de toro situada en el Triángulo de Scarpa, con profundidad de 20 centímetros de abajo hacia arriba y de dentro hacia fuera... con rotura de la vena safena y contorneando el paquete muscular nervioso de la arteria femoral"Ariel Montoya. Víctima de una “herida de amor, siendo utilizadas palabras mortales que laceraron esperanzas e ilusiones de retorno. Confusión por todas partes, con rotura en medio del pecho con profundidad de mujer de mundo.”“Lo único que siento es el disgusto que le voy a dar a mi mamá” Dicen que ambos dijeron al morir... Ariel dio media vuelta y se fue de la plaza musitando una muy conocida canción de un viejo sonero cubano:
“De amor no se muere nadie... nadie se muere de amor...” ®

Sinfonía para una dama que toca el violín

(LA PRINCIPAL DEL TERCER ATRIL)

1ER. MOVIMIENTO
Yo estaba sentado en la primera fila, arrellanado como podía en esa incómoda butaca que me permitía divisarla a plenitud. Se me había clavado en medio de los ojos, como flecha certera, lanzada por el mismísimo Apolión. Observaba con atención cada uno de sus movimientos, acordes con el abbandono provocado por las “Danzas Sinfónicas” del maestro Rachmaninoff. Clarinetes y flautas intercambiaban cuitas, como amantes retozones en esas desordenadas sábanas blancas de mi imaginación, quizás aprovechando el divino arpeggio de pensamientos disímiles. Ataviada de negro para cubrir la nívea piel, tomaba el arco con delicadeza, temerosa de romper la música con un tosco ademán, lo que provocaba en mí un embeleso total. Agitaba su brazo con la soltura que el público imagina debe tener todo violinista que se precie de serlo en la ejecución de su instrumento. Acariciaba el madero como besando el sueño, sonriendo en ocasiones con la candidez de su dulzura musical. Allegro. Yo asistía al concierto por accidente. El sofocante trabajo del día y el tráfico, habían dejado su marca de cansancio; lo menos que hubiese querido hacer era acudir a una cita masiva con los adoradores de Euterpe. El ave cansada sólo requiere reposo. En tales condiciones, ¿quién va a estar asistiendo a un concierto si no piensa disfrutarlo? Sin embargo, el llamado de una hija puede trocar la lentitud en rapidez y la parsimonia en dinamismo, poco importa el estado de agotamiento. Su deseo por escuchar la Sinfonía Nº 2, de Serguei Rachmaninoff, fue una orden adornada con reclamos de “hace tiempo que no vamos a ninguna parte”. De manera que allí me encontraba, a las 8:00 de la noche y en primera fila, con la esperanza de que Morfeo no viniera a importunarme en el seguro relajamiento ocasionado por las ondas alfa emanadas de las notas musicales. Distensión de músculos, afinación de oídos y de instrumentos, sonidos en desbandada que conforman el preámbulo de todo concierto. Silencio… “Estimado público, hay un cambio en el programa. Por enfermedad del concertista no podremos ofrecerles la Sinfonía Nº 2 en Mi Menor, Op. 27 del maestro Serguei Rachmaninoff, en su lugar interpretaremos las Danzas Sinfónicas. Op. 45 del mismo autor. Gracias. ¿Gracias? … ¿Gracias? … No era justo. ¿Vale una disculpa cuando se pretende descubrir el lado oculto de la luna y en cambio se nos regala el encandilamiento de la noche? ¿Tenía acaso, el señor concertista, derecho a obligarme a transponer mi sentido musical? El accidente vino a sacarme del letargo en que desde hacía rato me había sumido. Repasé mentalmente la composición para no ser sorprendido por algún otro exabrupto: tres movimientos: non allegro, andante con moto (tempo di valse), y lento assai (allegro vivace). Listo. Aplausos al director. Silencio absoluto y… marcatto tenue de violines in crescento… crescento súbito. Preludio para la entrada de los metales y turno especial para los clarinetes. Vuelven los violines y… y… y… allí estaba. Reina a la espera de genuflexión. Ella aguardando que me percatase de su presencia.Blanca Beatriz tostada por el fuego del segundo infierno, dispuesta a cubrir con su manto el desierto de mi existencia. Hechizado por esa ninfa musical que obligaba a eliminar al resto de los ejecutantes, dejé que su canto de sirena me embrujara, para bien o para mal… las danzas del ruso habían quedado en otro plano, sólo había espacio para aquélla que sin pretenderlo se desnudaba ante mis maravillados ojos. Visión de Fausto. Aquelarre menor que me preparaba para la gran noche de brujas. Abaddón que con furia amorosa laceraba mis sentidos. Pero no podía ser ella Baalberith, los demonios no buscan la comunión del amor, y en ese momento se estaba engendrando un sentimiento distinto a la perversión. Ella danzaba sin moverse, arrullando la música producida por los cornos, la flauta y los clarinetes. El nacimiento de una particular primavera que transparentaba su cuerpo en el quimérico encuentro de los amantes. “Es Beatriz la que te viene a ver, desde donde volver espera ansiosa. Amor me mueve y me hace responder. Será de ti mi lengua alabanciosa cuando ante mi señor esté presente…”. Aquella mujer desconocida, pero ahora tan amada, se había apoderado del anacoreta en que me había convertido. Una lágrima se apresuraba para indicarme la emoción extrema… debe saber que existo; he de conocerla, ¿pero cómo?
2DO. MOVIMIENTO
Fue aquella noche de insomnio la mejor de cuantas he tenido; también la más angustiante. El encuentro físico habría de producirse en su terreno, en ese paraíso donde suele moverse con desenfado en la creencia de estar resguardada de las voraces bestias. Debía armar la trampa con astucia para no despertar sospecha en la presa. Cazador furtivo que busca atrapar en sus redes al inocente animal. La mentira, arma poderosa del moderno Apolo que marcha hacia Delfos para iniciar la construcción del templo. Decidí abordarla al día siguiente bajo pretexto de una entrevista. Supe que se llamaba Anaxarete, nombre que me permitió explayarme en el papel de conquistador.¿Sabías que Anaxarete fue una chipriota altiva y tozuda?Asintió y sonrió ante la impertinencia. Yo reposaba mi cuerpo en el muro que ella utilizaba como improvisado atril para colocar sus partituras.Contrario a la noche del concierto, vestía una hermosa camisa de seda azul cielo que contrastaba con el rústico bluejean. Sobre su frente, sirviendo de cintillo, unos oscuros ray-ban se incrustaban en la cabellera que ahora lucía más hermosa que nunca. Sus ojos, aguarapados, semejaban delicadas joyas cortadas con precisión para ser incrustados en las cuencas de la sublime efigie que sin ella saberlo, yo adoraba.La sonrisa pareció trocarse en un gesto de desdén. Emulaba, sin tener conocimiento de ello, a la joven salamina. Sin levantarse de su silla, se inclinó, tomó sus partituras, el violín y colocó todo en el estuche negro que yacía a sus pies. Atrapó el cigarrillo que le ofrecía, cruzó las piernas, y descansando el codo sobre su mano, curiosa y sorprendida, me interrogó:¿Te parezco tan altiva y tozuda como la mitológica Anaxarete?He leído que era excesivamente hermosa, y que sus encantos atraparon a un joven de humilde condición llamado Ifis, quien con frecuencia depositaba rosas a las puertas de la dama, recibiendo a cambio sólo desdén. El pobre, desesperado por la crueldad de su adorada, se ahorcó a las puertas de la casa de Anaxarete, no sin antes gritar: “¡a ver si esta guirnalda es de tu agrado!”¡Ah… y luego?Su suicidio fue en vano. Anaxarete, lejos de conmoverse por el extremo gesto, contempló inmutable el entierro del enamorado, por lo cual Afrodita, disgustada por su dureza, decidió convertirla en fría estatua de mármol.¿ …? ¿Te burlas?Yo no soy tan dura.A mí me gustaría ser tu Ifis…El mítico pasaje sirvió para romper el protocolo. Fuimos al cafetín de la librería y allí continuamos hablando de Rachmaninoff. Le mentí al decirle que preparaba unos reportajes sobre músicos jóvenes y que deseaba conocer la opinión de algunos de sus colegas para así poder redactar varias notas sobre el movimiento musical de los nuevos tiempos.Ella respondía sin que yo la escuchara, en realidad sólo me interesaba el movimiento de sus labios, los dibujos que en el aire hacían sus manos y el suave mecer de sus caderas. Resultaba imposible verla vestida sin haberla contemplado en su desnudez. Aquella que ante mí estaba no era Anaxarete sino la Beatriz del Dante o la Simonetta de Boticelli.¡Impúdicas! ¡Fuera el recato! Beatriz-Simonetta-Anaxarete tocando el violín en Puerto de Venere, diosa del amor naciendo de la espuma del mar que se agita en el océano tormentoso de mi lujuria…¿Te ocurre algo?Me gustaría verte tocando el violín en… olvídalo.Podría darte un concierto…¿En tu casa?Te espero a las diez.Acorde.
3ER. MOVIMIENTO (MINUETTO)
Debí haberle dicho la verdad. Confesarle que lo de los reportajes había sido todo un andamio armado por este escenógrafo enamorado en que me había convertido para acercarse al personaje principal. Tiene que haberle parecido extraño el que yo no quisiese hablar con nadie más esa tarde… y la mirada, ¿habría notado algo en mi mirada? ¿Se habrá dado cuenta de que la desnudaba con la vista? Si alguien me hubiese interrogado por la fisonomía de la bella, en ese instante habría descrito cada centímetro de su piel. Yo podía admirar sus senos a través de esa blusa de seda azul que marcaban los nimbos sin corpiño, fuertes y tentadores. Pude haber dicho que no existen rasgos de celulitis en todo su cuerpo y que su pubis era un jardín alborotado de punzantes espigas que se restregaban suavemente en el fino algodón. Y sus piernas… me atrevería a señalar que denotaban ese color tostado que permitía resaltar cada vello quemado por el sol, astro insolente, investido del poder que le permite el privilegio de besarla al aire libre. De su aroma diría que propalaba olor a rosas. De su sexo, de sus axilas, de su oquedad más recóndita manaba el meloso vaho que yo sorbía lentamente, como queriendo apoderarme de su esencia… todo esto y más habría dicho si alguien me hubiese preguntado, en ese instante, por los rasgos de Anaxarete… pero mi preocupación ahora estribaba en develar la farsa que seguramente ella había intuido… también me preguntaba el porqué había accedido a tocar para mí… ¿Le agradé? ¡Claro que le agradé! … O era simplemente interés. ¿Acaso maquinaba mi suicidio a las puertas de su casa para imitar a su epónima… vaya, las 6:20 de la tarde y el maldito reportaje no acaba de salir. ¡Cómo demonio va a salir con esta falta de concentración! … Debo relajarme, el desespero no me llevará a ninguna parte. Listo, dejo esto hasta aquí y ya veremos qué pasa mañana… el calor y los fantasmas me van a volver loco… un trago… eso. Me voy al “Filling”. Una buena sesión de salsa acompañada del bullicio solidario me habría de tranquilizar.¿Qué le sirvo?Whisky doble.El “Filling”. Lugar obligado de los que gustan de la música caribeña. Periodistas y músicos, duendes nocturnos que asumen posición desde temprano para pronto descargar. La cercanía de las mesas hacía del lugar un aposento definitivamente familiar, donde la pareja de al lado podía estirar el brazo para tomar tu yesquero y encender un cigarrillo, o tocarle el hombro a esa mujer que desde hace rato te aborda bajo cualquier excusa para que su acompañante no sospeche que me gustas demasiado y no le hagas caso a éste, que a fin de cuentas es así como invisible …¿Otro doble?Por favor.Anaxarete. Mi Anaxarete con cuerpo de gacela. ¿Qué estaría haciendo en este momento? Apenas son las 8:00 de la noche… se acerca el primer set. El grupo Mango, encargado de la música en las sombras prometedoras, anunciadoras de sorpresas. ¡Salud… por la gente rumbosa! Ajoporro se instala en el piano, el resto de los músicos del Mango hacen lo propio. Joe Ruiz se manda con una de Joe Cuba… “mujer divina, como fascina, mi corazón… mi corazón…” el mío palpita a mil por hora por esa mujer divina que me espera a las 10:00 de la noche. Y ya culminó la música. Unos amigos interrumpen mis pensamientos al instalarse sin previo aviso en mi mesa: “El Negro” Fabián y María Teresa. Una ronda. Generoso “El Negro”. La mía doble, por favor... Avanzada la noche, son dos Fabianes y dos las Marías Teresas que diviso en la oscuridad. Hablan y no escucho. Ando en otra nota. 9:30. Hora de partir. Me despido a fondo blanco. ¡Chao, “Negro”… hasta la próxima… ! ¡Tremendo aguacero! … ¡Taxi¡ ¡Párate, coño!... ¿En cuánto me lleva a Terrazas del Ávila? ... ¡Cómo!... ¡Cuánto!... Bueno, en el camino nos arreglamos, porque con esta discutidera voy a pescar una pulmonía...Buenas noches…Ni tanto…Anaxarete…Allí estaba yo, frente a la dama de mis sueños, escurriendo el agua cual estopa de marinero, conservando aún la ridícula posición de quien aprieta un timbre y se queda pegado, paralizado, inmovilizado, congelado. Tullido del frío. Clavillazo de media noche remedando al gran Arturo de Córdoba con la mano estirada de “Dios se lo pague”. Caricatura de adonis trasnochado. Borracho de un desierto inundado.No te quedes allí, que luego coges una pulmonía y luego la culpa la tiene Anaxarete. ¿Encontraste fácil la dirección?Sin salir de la rígida y grotesca posición, esbozando mi mejor sonrisa, atiné a mascullar:¡Claro!Claro que no. El chofer hijo de puta que me trasladó al lugar se paseó por todas las calles de Terrazas del Club Hípico y al final, en medio de aquel diluvio y con la amenaza de aumentarme la tarifa, me dejó frente al edificio Margriet, muy distinto al Margie que yo buscaba y que se hallaba a tres cuadras de donde el señor taxista me dejó. Confusión de letras de aluminio, arrancadas de cuajo por los industriales del submundo de las latas. Tres largas cuadras bajo ese chaparrón que caló hasta los huesos para provocar cierto resentimiento en ese Ifis que veía cómo los pétalos de rosas para Anaxarete navegaban en el artificial río en que se había convertido la avenida Los Tulipanes.Esa catástrofe, lejos de ocasionar distanciamiento, provocó el acercamiento definitivo. Anaxarete me conminó a pasar directamente al baño de su habitación, no sin antes cubrir su alfombra con plásticos de lavandería. Abrió su closet y sacó una bata de baño rosado. Me la entregó y delineando un mohín de picardía, mordiendo con sus dientes de ratón el labio inferior, dejó escapar unas palabras que me sonaron burlonas:Te vas a ver lindísimo. Te espero en la sala…Luego de secarme y colgar en los percheros diseminados en ese gigantesco baño la ropa mojada, exterior e interior, me arreglé bien la bata de baño y caminé hacia la sala. Entré a un relajante y placentero estar, donde flotaban las notas meditabundas de Massenet. La iluminación se había reducido al titilar de un bombillo colocado en una antigua lámpara de pie, regando su luz sobre un cómodo y viejo sofá de cuero negro. Cual periscopio humano repasé, de estribor a babor cada rincón de la casa, y al perderse la mirada en ese fondo oscuro, aprecié la aproximación de la silueta descalza que jugueteaba con una bandeja de plata sobre la que había colocado dos adornados vasos de whisky. Era Anaxarete -¿quién más-, emperifollada con una insinuante bata china de seda negra, atada a propósito de mala manera, que me permitió en ráfaga admirar bajo el corto Kimono unas pantaleticas negras que me dijeron todo lo que había que decir? Sin inmutarse ante el buceo, Anaxarete me entregó uno de los vasos, colocó el suyo en la mesita situada al lado de la lámpara, se ajustó la bata y acto seguido fue a sentarse sobre su pierna izquierda en el otro extremo del sofá donde yo me encontraba…¡Salud!¡Salud… por la gente rumbosa y por el divino aguacero!¡Por Massenet!¡Y por Rachmaninoff…4TO. MOVIMIENTO (GRAVE)Como ese fueron muchos los momentos que Anaxarete y yo pasamos juntos en el transcurrir de 14 años de intenso amor, pero siempre rememoro esa primera vez y el objeto de nuestro encuentro. Un vibrante Rachmaninoff en la cuerda de su violín y el estallido de emociones a las puertas de mi hígado. Ella logró apaciguar la soledad total de mi tenaz existencia. Yo fui juez y público de sus polifónicos éxitos. A partir de esa arrebatadora noche pude contemplar el tiempo marcado por el lento oscilar del péndulo en su metrónomo, el duro labrar de la piedra reticente a ser tallada con nuestros nombres… apenas hace dos años nos separamos y heme aquí, frente a su imagen. Ella sentada, como siempre, en esa silla vacilante que amenaza con caerse en la impetuosidad de la ejecutante. A su paso, un romántico observador imaginará que ella se apresta a interpretar la sinfonía de su gusto. ¡Bien por Schubert, por Chopin, Stravinski o Paganini…! Mas, yo siempre la he de escuchar en el solo de violín de las “danzas sinfónicas” de nuestro inolvidable Rachmaninoff, con esa potencia musical que sólo ella pudo brindarme, con esa fascinante lujuria que me apremiaba a tomarla entre mis brazos para que mis manos pudiesen profanar su cuerpo, mientras ella, vanidosa, aceleraba la música en un improvisado parto de felicidad… la enajenación inimaginable entre dos que se unían misteriosamente en un cordón que ya podría envidiar cualquier discípulo de Freud… jugábamos, reíamos y sollozábamos con esa muy nuestra felicidad, esa tan particular que seguramente nadie entendió jamás… nuestros mutuos amigos insisten en que ella ya no me pertenece, por lo cual no debo perturbarla, pero aunque su imagen permanece enclavada en ese lugar inhóspito, contemplada y aplaudida por el mudo público, Su tacto y su alma me acompañan en cada hora, en cada minuto, en cada segundo. … Busco su mirada y lloramos juntos; entonces ella aparta la suya para dejarla que se pierda en el frío violín que se deshará cuando acuda yo a su encuentro. Sé que me anhela, tanto como yo a ella…Comienza a llover. La humedad me sacude en la contemplación. Soy yo ahora quien recoge los instrumentos del recuerdo para proseguir la solitaria ruta que ya se hace insoportable. Alzo la solapa y me compenetro con el impermeable para ocultar la tristeza. Camino, despacio, en un lento grave para que las gotas de lluvia puedan golpearme a su antojo y produzcan el cántico de los muertos. Deseo confundirme con las lágrimas que no pretendo retener… atrás queda Anaxarete, mi mujer de mármol, o como la llaman los asiduos del cementerio… la dama que toca el violín.